La antipoesía es el intento –genial, de eso no cabe duda– por mostrar una y otra vez que todos los esfuerzos por pisar tierra firme, desde la religión a las ideologías, acaban en el fracaso o en la incertidumbre. A la hora de buscar el sentido humano, enseña la antipoesía, vale tanto una frase de la calle como una teoría metafísica; es lo mismo Domingo Zárate, el Cristo del Elqui, que Wittgenstein, el gran filósofo de la segunda mitad del siglo XX; un aviso callejero que un verso largamente meditado; un tratado de metafísica que el collage de los Quebrantahuesos. Todos andan –piensa Nicanor Parra– a la busca de lo mismo y todos terminan tropezando con la misma piedra: el silencio de todo lo que existe.
Por eso se malentiende a Nicanor Parra cuando se ve en él a un escritor capaz de desternillar de la risa a quien lo lee, a un sujeto ingenioso que hace juegos de palabras, a un viejo vestido de jeans, a una estrella pop de noventa y siete años.
Nicanor Parra, sin ninguna exageración, es nuestro Heidegger o nuestro Wittgenstein: mediante la poesía se asomó a los límites de la existencia y se dio cuenta de que más allá del horizonte no hay nada. Advirtió, o creyó advertir, que el lenguaje humano, las frases hechas, los lugares comunes, el habla de la calle intentan ocultar (pero por eso también revelan) esta verdad esencial: que estamos solos y que existir consiste, a fin de cuentas, en dar palos de ciego.


