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Antiexposición I No siga la flecha

DESconfines

A Nicanor Parra le resultaría extraño el confinamiento, porque él andaba más interesado en los desconfines, otra suerte de márgenes. Sospechando, por si fuera poco, que la realidad no deja nunca de ser algo virtual, mitad verdad, mitad mentira, de ahí que sea más conveniente ahora, con virus reconocido y encerrona obligatoria, dar un paseo imagético que juegue con la distancia, o sea, que cuando estemos lejos, sea cerca, y tal vez viceversa. Una vuelta por algunas cosas, por algunos artefactos que explotan imaginariamente si uno pretende cooptarlos, reificarlos. Y muchas veces, con efecto retardado, después de que la mirada se fue. Imposible negar la capacidad de subversión visual que abrigan, su anhelada capacidad negativa que Diógenes o Lao-Tsé saludarían. Más todavía en un mundo lleno de trampas, coartadas positivistas, simplificadoras, en crisis: lo que es otra tautología de bolsillo, por que ¿cuándo se adivinó que el mundo no estaba en crisis? ¿Cuándo un clavo en un tomate dejó de ser una naturaleza muerta para ser otra cosa? O entonces ¿cuándo una zapatilla guardó el mensaje de resucitar para un anti-Lázaro? O si no, ¿cuándo el último cartucho sería un fósforo ya quemado? En pleno periodo de decadencia del llamado medio ambiente – ahora ya en la fase menguante de cuarto y mitad -, Nicanor Parra elaboraba trabajos objetuales pioneros desde su llamado nicho ecológico de La Reyna.

Durante varias décadas, otra forma de responder a la deriva tendenciosa del mundo, a su peligroso declinar como reino regente y armónico de la naturaleza. Así, en el jardín heterodoxo de esta casa mítica se disponen más de una treintena de piezas que ya son iconográficas, vox populi del poeta. Escuchando, así como la fuente de los objetos fluye, pasa su energía sismográfica, perceptiva, asumiendo las contradicciones imaginarias a las que alude sin solución aparente, fuera ya de los mundos binarios. Una colección que arranca en 1976 y llega hasta 1995 y después, hasta sus últimos días, una fase marcadamente ecológica también en los poemas, y que ahora aparece dispuesta en su contexto salvaje, al aire libre, alrededor de la casa, para visitar como exposición doméstica, casi íntima, desde donde se quiera, libertariamente. Pero atenta a la ley de las apariciones, a las sorpresas que conjura como bienvenidas erosiones. De hecho, no hay que seguir ninguna flecha: o todas o ninguna, porque, ironías aparte, ya se había visto que ella estaba equivocada (léase progreso, ciencia, neoliberalismo, etcétera). El poema visual era claro, meridiano: no siga la flecha, así también esta exposición como antídoto.  

 

Adolfo Montejo Navas

junio de 2020